9 ene 2013

En automático

En qué momento dejé de remontar el vuelo, haciendo los ecos más comunes, más costumbres. Qué es lo que estoy haciendo tan mal como para que nadie se quede el tiempo suficiente para sacarme brillo. Dímelo tú, Noemí, dímelo tú, que metes en remojo de vez en cuando lo que duele para que se ablande un poco y golpeé con menos fuerza. Y amortigüe los nudillos de esos besos escuetos que como puños te hacen replantearte si de verdad es así cómo quieres que sea siempre todo.
Vivir en automático.
Vivir en pechos que te estallan como una bomba nuclear, desparramando por todos lados los motivos que creías que te iban a servir como billete sólo de ida, volviéndolos radiactivos, convirtiéndote en la chica tóxica que siempre has sido, al fin y al cabo.
Volví a mi centro, como un péndulo que se balancea en su gravedad chocando con los bordes de mis desencuentros, bajando el ritmo hasta no ser interrumpido por ningún agente externo. Y ahí apareció tu dedo, golpeándolo de nuevo, haciendo vibrar la cuerda tensada de la que cuelga mi cabeza. Y ahí estoy, tú que lo sabes, tú que te vistes mejor cuando estás segura de que voy a visitarte en sueños, estoy balanceándome, volteándome, emitiendo mi ruido para que vengas y te quedes a escuchar.



6 ene 2013

El trato


“No vale quererse” me dijo, bajo las sábanas. “Es un trato y hay que sellarlo” y se acercó a mí para hacerlo tangible con el peso de su beso. Y dije “No, no quiero prometer lo que no cumpliré.” Y cayó el valor en las redes de un silencio que aplastó los jardines de vistazos y reojos. Y dije “No quiero prometer lo que no estoy cumpliendo”.
Y me besó y dijo que lo cumpliría. Y me callé, y, conmigo, mis ojos se cerraron al abrazarla.

Qué fácil, dejarlo todo en un te quiero a medio hacer, que si se saca antes de tiempo acaba crudo e incomible.
Que difícil decirle que los besos que no quiero dar no son válidos para cerrar tratos.
Y ella no lo sabe, que sigo en la transición entre mi equilibrio y ponerme la cabeza en los pies y meterla por la escuadra.

2 ene 2013

Las cosas claras y el chocolate sin azúcar



Dije que me gustaban tus ojos un día. Pero ahora me gustan a todas horas. Dije que me gustaban tus ojos y todavía no los he probado, no los he rozado con los míos ni un poco.
Dije que eran enormes puntos de inflexión que me desajustan las esquinas de mis sonrisas cortesanas. Dije, dije que eras preciosa, que para que mirar el cielo si te tengo a ti aquí abajo.
Dije que me intercambiabas pestañeos cada vez que sueño un poco que me miras diferente. Quiero ser esa mirada que me eches encima que marque la diferencia.
Porque he dicho de ti a todo el mundo que ni si quiera te conozco, que sé lo que te duele y como curarlo y que dije que podría hacerlo si te dejas. Dije que podría sacarte de cualquier sitio donde no quisieras estar.
Te dedico estas palabras, tú que me desconoces, tú que me hablas a los ojos que aún no te han comido del todo, tú que quieres que te sonría un poco más cerca esta vez. Te dedico estas palabras porque sé que te mereces leerlas y por eso te las doy, sin pedirte nada a cambio.
Porque dije, digo y diré todo lo que haces que piense sobre ti y no servirá de nada. Porque lo que diga se queda en el aire, se vende a las inhalaciones de otros pulmones que no son los tuyos y no sirven. Quiero que compres cada una de ellas y te la tatúes a la espalda, quiero hacerte renacer de esas cenizas donde te fumaron.
Quiero enmudecerte la voz con los mismos dedos con los que te haré gritar.
Quiero que mis palabras, lo que te digo y lo que no, sean los escalofríos que hagan que me abraces, que me beses, que te deshagas, que de ti no queden más que las ganas de reinventarte.

De relatarnos, de grabar la película de tus duelos de espadas de juguete que no hacen daño. De ti y de mí, de temblar.

Dije que no hablaría demasiado de ti, que no escribiría sobre cuánto me gustan tus ojos, esos que me gustarían más si me pudieran mirar ahora.
Dije que no escribiría sobre ti, porque escribir sobre alguien, para mí, es convertirlo más que en unas pocas sonrisas y palabras bonitas. Es cambiar el punto de sitio, es no ponerle un final o un límite. Es, tal vez, errar. Equivocarme.
No quiero ser otra de esas chicas que se equivocan contigo. No quiero que seas otra de esas chicas que me prenden fuego.
No quiero decir que dije que te quedarías en chispas sin provocarme un incendio.
Quiero seguir escuchando tu ruido de lejos, sin quedarme sorda. Quiero… ¿Por qué hablar de lo que quiero? Puede que te quiera a ti y por eso mismo no quiero saberlo.
Y por eso mismo no escribo sobre ti, y por eso mismo me callo, me muerdo el labio y espero que no me pidas que me desnude esta vez porque verías lo que no quiero ver yo.
No quiero echar a perder nuestro rodaje antes de que apenas se haya estrenado la primera parte de la película. Y lo echaré a perder, a ganar, lo echaré a suertes a pesar de que no me quedan más extremidades que apostar. Apostaré mis ojos a mantenerlos cerrados cuando acabes y asomen los créditos sin mi nombre en ellos.

29 dic 2012

Tu ruido




¿Cuánto tiempo hace que te dejé entrar? O al menos, dejar que miraras de puntillas por encima de las ventanas que me abro a veces para escapar.
Por qué tan dulce y aterciopelada me pareces siempre, por qué atenta me mantienes a cada palabra que te dejas decir, por qué quiero saber más cuánto menos distancia me apetece que haya entre nosotras.
Me han dolido tantas cosas, me han desabotonado tan mal las camisas de esta, mi armadura. Me han desnudado tantas veces sólo para dejarme así, mientras cae la lluvia de alfileres. Me has caído tú del cielo, encima, haciéndome pequeñita y tratándome como si fuera grande.
Las palabras no son suficientes para describir lo que son tus lunares. Tal vez sólo he visto dos o tres en fotografías que dejas por ahí, pero conforme me voy imaginando los demás me imagino como debe de ser recorrerte. Saberme tus trecientos cincuenta y cuatro escalones y tropezar con todos ellos. Admirar el color de tus paredes y el color granate de tus descosidos. Ay, si me dejaras ser algo más que una desconocida de palabras de algodón. Te atravesaría, te haría que mirarme fuera lo que más te gusta hacer. Ay, si se pudieran hacer amaneceres con tu ruido, desayunarte los quejidos que te marcas y me cuentas mientras me invitas a tu azotea. Y qué irónico, tan lejos y sentirte tan de cerca a veces, casi contándome tus duelos al oído.
Que se me ha convertido en dogma creerme más que las palabras que te digo. Qué bonita, qué preciosa, qué rota y qué bien te queda. Eres ese puzzle que me recompone a mí.
A veces pienso que me he dejado la libertad en tu acento, en tu risa y en tu idiotez. La libertad en tus “cosillas” que me hacen polvo a mí. Y cómo me gusta. Sigue así. Ojala un día nos hagamos polvo, de las estrellas que se quedan en tus ojos.

Qué grandes, qué esquivos ellos.

Ay, si apenas puedo decir algo sin pecar de no conocerte tanto.

26 dic 2012

Noches a secas





Siempre se quiere más de noche, nos confundimos más, nos reinventamos con luces tenues. La noche, cobijando nuestros sueños bajo su techo de cristal, nos hace alados, difusos, vidriosos. Nos ahoga a veces, generando su energía sideral desde nuestros insomnios.
Siempre nos referimos a la noche para hablar de sexo, de desacuerdos con la almohada, de besos que caducan a la salida del sol, de revolvernos a encontrarnos y resolvernos los despechos. Noches universales, universos nocturnos. Viven en ella nuestros huecos y la oscuridad que nos dejamos a medias, las sobras del día que devoramos a la noche, recovecos donde guardo cada uno de mis placeres oníricos del palpitar de lo que fueron entonces mis te quiero gastados.
Qué sería de mí sin ti, sin tu carencia de luz que ilumina mis invenciones desde el bohemio pensamiento. Qué sería de mí sin ti, que me replanteas los planos de mis adentros, me reconfiguras el aspecto, me hablas de amores, pasajeros de aviones que sobrevuelan mis delirios de pestañas caídas.
Casi todo mi arte se lo debo a las noches sin aliento. Casi todo lo que soy se lo debo al anochecerme demasiado, a contarme los descosidos y pesarme en gramos. Chica de latón busca corazón de león con la valentía de ser lógica. Las noches nos vuelven impersonales, sólo el suspiro de un roce de mejilla mal encajado. Y es cuando se me acaban las reservas de miradas penetrantes, cuando no profundizo demasiado en la boca de corazones inmensos como las hectáreas del aire.
Noches solas que se venden a gatos callejeros, noches prostitutas, vendándote los ojos, vistiéndote con luces de neón, pervirtiendo tus caídas en camas equivocadas. Noches que remueven sábanas, a veces por pesadillas, a veces por besos a quema-ropa. Noches para fumigar las erratas de la razón, que sigue leyendo mal los letreros de carreras de medias que aún escuecen transitar. La arena de Morfeo no es más que la cocaína de los soñadores.

Guardamos nuestra nocturnidad en arcenes mal iluminados, en hablar bajito para no despertar las dudas mientras conversamos con nuestras inquietudes.
Porque hay que ser elegante para dormir poco sin volverte loco, sin caer a los pies de la magia del “puede pasar de todo”. De dedicarle pestañeos innecesarios a labios que besan otras bocas. Porque tus ojos y los de cualquiera son mis estrellas esta noche.
Porque las mejores cosas suceden cuando estamos dormidos. O cuando nos damos cuenta de que ya no podemos despertar.

24 dic 2012

Las chicas como tú




Las chicas como tú son unas zorras. O tal vez debería decir que las zorras como tú son esa clase de chicas. Las que me gustan, las que se pegan a mí, como el olor a tabaco de los pubs. Siempre me han atraído las chicas malas, las que escuecen, esas que no esperan demasiado a ver cómo cicatrizas sin verte sangrar otra vez. Lo reconozco. Tener ese poder, ese dominio, es divertido, sube la autoestima porque… ¿por qué si no iban a ser cómo son?
Mi error recae en creer que no eras una de esas chicas, que esta vez había encontrado la chica-excepción que confirma la regla. Creía que por fin había aprendido a mirar mejor en los ojos de la gente, a no tragármelo todo pero otra vez me he pegado el atracón, he enfermado de inocencia, de ingenua. No me curaré. Siempre acabaré obligándome a sonreír después de que gente tan patética como tú intente prender fuego mis sueños. Pero son pequeñas ave fénix que de sus cenizas renacen aspiraciones nuevas.
Creo que eres tú la que se ha equivocado conmigo y me reiré de ti cuando tu cerebro asimile lo que perdiste la semana pasada por no tener ni puta idea de verme. Pero no sólo de verme a mí. No eres capaz de ver a nadie, no te sabes ni ver a ti.
Y eso lo sabes, sabes que estás perdida y no te encuentras porque simplemente no sabes cómo o porque ni si quiera sabes lo que significa.

Uno de los motivos por los que sé que soy una buena persona, es el hecho de que tú aparecieras, me hirieras y te fueras. Que yo haya seguido ahí, escuchando tus mentiras, tus excusas de garrafón y tus promesas como perlas de bisutería barata, entendiéndote, creyendo que hacía bien teniendo paciencia. Hasta me creí culpable de tus delirios de grandeza, ese pijama de los domingos que te pones que hasta prefiero el vestido de putón de los viernes. Porque de putón estás más guapa y te engañas menos.
Uno de los motivos por los que sé que soy buena persona es porque te pegaste a mí y uno de los motivos por los que sé que eres una zorra es porque me gustabas.
Porque las zorras como tú, son las chicas que me gustan.

19 dic 2012

Se acabó.